La cera en el asfalto

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Con este pequeño texto queremos trasladar nuestras reflexiones sobre lo que está sucediendo estos días alrededor de las movilizaciones ciudadanas que acompañan el proceso independentista. Lo hacemos a partir de un concepto que ha estado muy presente en nuestra lógica de trabajo: el espacio público como lugar de encuentro, conflicto y discusión para la ciudadanía. Para ello, hemos tomado como referencia el libro Carrer, Festa i Revolta [1], que analiza los usos simbólicos del espacio público en la ciudad durante 50 años, realizado por el Grup de Recerca en Etnografia de los espacios públicos del Institut Català d’Antropologia. En él podemos encontrar muchas claves del simbolismo de la calle como lugar de ritualización de un sentimiento colectivo determinado, y hemos aprovechado la ocasión para releerlo y compartir algunas de sus reflexiones.

En este libro se recogen y analizan decenas de manifestaciones y acciones festivas y religiosas realizadas en la ciudad de Barcelona, y se analiza su recorrido, sus puntos de partida, llegada y también su motivación, tanto festiva como religiosa o política. Además, se reflexiona sobre el concepto de espacio público y también sobre los conflictos de la sociedad urbana y cómo éstos se plasman o, mejor dicho, se representan en el mismo.

Una de las primeras reflexiones es la capacidad de estas acciones de subvertir el “orden natural” de la ciudad, establecido por los planificadores urbanos, en los que los espacios públicos son lugares de tránsito, en los que se circula entre dos puntos, normalmente vinculados al ocio, al trabajo o a la residencia, conectando precisamente los cuatro usos fundamentales del movimiento moderno sobre el cual se ha construido la planificación urbana en el siglo XX y ha caracterizado formalmente nuestras ciudades. Un ejemplo (casi divino) de esta subversión se produjo la semana pasada, cuando la avenida Diagonal se tuvo que cortar a la circulación al día siguiente de la penúltima manifestación producida en la ciudad, debido a que parte de su asfalto había sido cubierto por la cera de las velas que se utilizaron como símbolo dentro la concentración. Esta anécdota ejemplifica los impactos inesperados en la vida “ordenada” cuando aparecen otros usos no contemplados desde la planificación, uno de ellos muy presente estas semanas en Barcelona (y grabado en su Historia): la revuelta. Tal y como se menciona en el libro

Los discursos de las caminatas o los paros colectivos son maneras de deconstruir los mandatos de los urbanistas, como una prueba radical de hasta qué punto es grande la distancia entre el espacio concebido y el espacio practicado. (Delgado 2003, p.36)

Las consecuencias de la ocupación de las calles, más allá de causar incomodidades en la circulación, tienen impactos mediáticos y emocionales fabulosos, recordándonos el papel de la calle como espacio de expresión política de la ciudadanía. Si durante los movimientos de los indignados, desde el 15M a Ocuppy Wall Street, pasando por el reciente movimiento NuitDebout, la ocupación era reducida en número de personas (alrededor de mil personas), pero estable en el tiempo, durante estos últimos meses hemos contemplado un panorama de reivindicaciones que abruma por su cantidad, especificidad y diversidad. No cabe olvidar que Barcelona ha vivido en su Historia contemporánea momentos de efervescencia política en la calle de manera similar, las más recientes, además de las concentraciones ritualizadas y rutinizadas, tal como las define Favre (1990: 37-8) de la Diada de los últimos años, tuvieron lugar a principios del milenio, con las manifestaciones multitudinarias entre el Foro del Banco Mundial, el G-7 y la protesta en contra de la guerra de Irak (2001-2003).

De la misma manera que el libro Carrer, Festa i Revolta ha estudiado los usos simbólicos del espacio público de la ciudad de Barcelona durante 50 años (1951 – 2000), proponemos hacer una lectura de los eventos acontecidos en los últimos 50 días rescatando alguna de las metodologías de análisis que propone el libro.

De esta relectura queremos señalar en primer lugar dos ideas. La primera es la capacidad de estos encuentros de transmutar el espacio urbano en un escenario ritual, en que el paisaje urbano se transforma en paisaje moral. En estos acontecimientos la masa se diluye en la malla urbana dibujando una masa de inclusiones y exclusiones en las que se disuelven todas las identidades, intereses copresentes en la sociedad. En estos días lo hemos visto de manera palpable en las manifestaciones multitudinarias antagónicas (11-S, la Diada de Catalunya, y 8- O en defensa de la unidad de España), por poner un ejemplo, en las que la masa actúa como bloque en los que desaparecen los matices, y los convocantes se apropian del “paisaje moral” creado por la ciudadanía.

La segunda es la lectura de las manifestaciones como la ritualización de los enfrentamientos sociales que, según el libro, muestran la evolución de la sociedad occidental moderna. Los expertos en movilizaciones sociales argumentan que al progresar la capacidad de destrucción o de neutralización mutua, se suscitan modalidades de acción colectiva que sustituyen las acciones lesivas por demostraciones protocolizadas de fuerza.

Otro aspecto que resalta el libro es la caracterización espacial de estos encuentros, sobre todo por su tipología y desarrollo. En el libro los autores distinguen dos tipos de usos excepcionales, que denominan cúmulos (aquellos que se mantienen concentrados en un punto) y transcursos (que se desplazan por un recorrido preestablecido previamente). También añade dos subcategorías que denomina, por un lado, modalidad cósmica (en la que hay un cierto orden) y, por otro, la caótica, en la que no lo hay. En otro capítulo (Liturgias militantes) se analiza el simbolismo de la localización de las concentraciones o manifestaciones, y la importancia simbólica de los puntos de partida y de llegada, en los cuales hay ciertas similitudes con las manifestaciones actuales y las descritas en la investigación.

De esta manera, encontramos cuatro tipos de liturgias en el espacio público: los cúmulos cósmicos (o concentraciones ordenadas), los cúmulos caóticos (concentraciones espontáneas), transcursos cósmicos (aquellos recorridos que comienzan y acaban en unos puntos prefijados) y los transcursos caóticos.

Entre los cúmulos cósmicos podemos destacar concentraciones más o menos ordenadas, como la del 17-O en la plaza de Francesc Macià y las repetidas ante el TSJC, en el paseo de Lluís Companys, ante cada sentencia o declaración de los miembros del Govern. Este segundo espacio se ha usado para múltiples celebraciones y manifestaciones a lo largo de la historia de la ciudad, a pesar de que la plaza de Francesc Macià y la avenida Diagonal no han sido centro de ninguna concentración de este tipo en épocas recientes. Se podría releer esta ocupación como la reconquista de un espacio que dentro del imaginario barcelonés está vinculado a símbolos de ocupación: desde la entrada de las tropas franquistas en el año 1939, como la presencia de los organismos internacionales del Foro Mundial a principios de siglo.

En cuanto a los cúmulos caóticos, hemos tenido varios ejemplos. El primero y más significativo fue la concentración ante la sede del Departament d’Economia de la Generalitat el 21 de septiembre, en un lugar poco común para la realización de concentraciones (el cruce de la Rambla de Cataluña con la Gran Vía). Destaca también, sobre todo por su medio de convocatoria, el acontecido en la plaza de Sant Jaume el 7-O, que hacía llamamiento al diálogo y que fue convocado por colectivos de publicistas y diseñadores gráficos de todo el Estado y que tuvo réplicas en muchos otros municipios. Esta es de las pocas concentraciones de estos meses que ha tenido lugar en uno de los espacios más emblemáticos y más utilizados cómo es la plaza de Sant Jaume. También podemos colocar en este ámbito las concentraciones en la plaza de la Universidad, símbolo de la resistencia estudiantil desde los años 80 y que en dos ocasiones ha sido el centro de las reivindicaciones de los estudiantes en estas semanas (una el día 22 de septiembre y posteriormente durante la huelga del 3 de octubre por la mañana), tal y como ha pasado en varias ocasiones. Hay que destacar otra modalidad en esta tipología, que es la del caso del 1 de octubre. Esta fecha tenía un carácter propio y extraño puesto que mezclaba la convocatoria electoral con un movimiento de resistencia y reivindicación que provocó cúmulos caóticos (por su espontaneidad) situados en diferentes puntos (los colegios) como respuesta a la brutalidad policial.

En lo que se refiere a los transcursos cósmicos, aquellos recorridos que comienzan y acaban en unos puntos prefijados con una organización clara, cabe destacar que son los que más repercusión mediática han provocado. Una de las conceptualizaciones de espacio público que recogen los autores, basándose en el ideal de la Ilustración, que considera

(…) El espacio público como espacio de y para la publicidad, como ideal filosófico del cual emana el más amplio de los principios de consenso democrático, el único que permite garantizar una cierta unidad política y moral. Este axioma está asociado al ideal de una sociedad culta formada por personas privadas iguales y libres que se concentran haciendo uso público de su razón y lo hacen sin hacer el punto de vista de la sociedad transitoria generada cuando este uso racional del espacio público se lleva cabo de manera colectiva, donde la diferencia entre los cuales queda superada por el fin común que los reunidos consideran como propio. (Delgado 2003, p.133)

Como vemos, no hay que profundizar mucho en la realidad actual para ver cómo se ha tergiversado este ideal, convirtiendo la publicidad (que en nuestra época contemporánea centrifuga su significado al entrar los medios de comunicación y las redes sociales en juego) en una herramienta más para sostener argumentos políticos o intentar alcanzar alianzas estratégicas.

Las acciones que podemos destacar como transcursos cósmicos son las manifestaciones más multitudinarias (Diada, Manifestación unionista 8- O y la de la liberación de los Jordis del 21 de octubre), que transitaron por lugares comunes dentro de la tradición manifestadora de la ciudad: paseo de Gràcia y la Via Laietana, dos lugares de centralidad urbana, no en vano intentando representar que son los lugares donde “reside la centralidad de la vida civil y, por tanto, que es la sociedad en su conjunto la que reclama una u otra cosa” (Delgado 2003, p.182).

Por último, encontramos los transcursos caóticos, que en estas semanas se pueden plasmar por ejemplo en la movilización de la Vaga General tanto de la mañana como de la tarde, que tenía un carácter más espontáneo, aunque hubiera convocatoria previa y que fue el resultado del rechazo civil a la actuación de los cuerpos de policía estatales durante el 1 de octubre.

Con esta aproximación al trabajo del espacio público en Carrer, Festa i Revolta queríamos contribuir a ampliar la mirada dentro de este proceso convulso y recuperar una visión más analítica del espacio público como espacio de encuentro, reivindicación y revuelta. En el espacio público se manifiestan opiniones y visiones diferentes que, además de ser herramientas de acción política, sirven para recordarnos el papel de la ciudadanía como actor clave de los cambios políticos.

Barcelona, 22 Octubre 2017

 


[1] Delgado, Manuel coord. (2003) “Carrer, festa i revolta. Els usos simbòlics de l´espai públic a Barcelona, 1951-2000”. Barcelona: Generalitat de Catalunya